La mentalización supone interpretar la conducta de uno mismo y de otros
en términos de estados mentales intencionales, tales como deseos, sentimientos
y creencias (Allen, 2003; Gomez & Nuñez, 1998).
En
pocas palabras, mentalizamos cuando
tratamos a otros como personas y no como objetos. En el ámbito del apego, a
esta capacidad se le llama “función reflexiva”.
La función reflexiva se define como la capacidad para imaginar y pensar
acerca de los estados mentales, tanto en uno mismo como en los demás, al
servicio de construir modelos realistas de por qué razón tiene lugar tal
comportamiento, pensamiento o sentimiento (Bouchard et al., 2008).